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lunes, 20 de abril de 2009

Para la llegada del hombre blanco.


El líder de cada tribu y cada imperio ha asistido a esta reunión; llevan consigo sus mejores guerreros. Cada uno de ellos está preparado para la guerra. Ya sea que vistan sus cabezas con cascos dorados o mascaras, usen para la lucha armas de madera o de metal, sean del sur montañoso o del árido norte, todos han sido advertidos por los dioses sobre la inminente llegada de hombres blancos sobre monturas veloces.

Se reúnen para discutir cómo debemos proceder. De igual manera que lo hicieron nuestros ancestros, milenios antes, para repartirse el mundo luego de que los hombres rojos se internaran en el mar. No estamos asustados de los males que vendrán con estos hombres blancos, porque poseemos los secretos de la selva, y la plantas medicinales. No nos asustan sus armas o sus números, porque somos una raza guerrera y nuestras armas son efectivas como el rayo.

Nuestra preocupación no era si debíamos rendirnos o resistir, sino de que manera repartirnos el botín que podíamos obtener de ellos, y cómo matarlos con el menor perjuicio para nosotros. Pico de Águila, líder de los Hucatl, los guerreros del norte, propuso guiar a los tripulantes de las naves a la selva, donde serían abandonados –Que la madre nos ahorre derramar su sangre con nuestras manos– dijo. Se oyeron frases de aprobación. –Debemos envenenar a sus jefes y esclavizar a los supervivientes– dijo Moctul, Jefe guerrero de los Toltecas, – que olviden nuestra tierra por muchos otros ciclos celestes–. Finalmente el hombre más anciano del grupo, Hosique, de las tribus errantes mayas, se puso de pie. – Nuestros antepasados, los creadores de nuestra gloria, deben sentirse ruborizados por sus estrategias: venenos, trampas, cobardes les llamarían. Y cobardía es, no les demos oportunidad de descanso, debemos abordarlos, matarlos y quemar sus naves. Hemos sido alertados por los dioses de la llegada del hombre blanco para prepararnos para la guerra, no los decepcionemos, agujeremos sus cuerpos con nuestras flechas y destrocemos sus huesos con nuestras mazas, la nuestra es una raza guerrera, hagamos honor a nuestra sangre–. Todos estuvieron de acuerdo, la batalla sería sangrienta y honorable.

Somos un pueblo orgulloso de nuestra fuerza, nos gusta probarnos en batalla, su suerte está definida, no podrán vencer nuestros inmensos números, nuestras armas precisas y veloces, nuestros guerreros que deben ser muertos dos o tres veces antes de que paren de luchar. No sabemos el numero de nuestros enemigos, pero la victoria será nuestra, somos los hijos de los dioses.

Faltaban solo días para que llegaran los hombres blancos, y los líderes seguían celebrando nuestra futura victoria. – Como cortáis un árbol cuyo crecimiento os impedirá ver el sol, así debéis cortar la existencia de los hombres que vienen, pues desaparecerán vuestros imperios, y vuestra raza; así hablaron los dioses– decían. Y algunos pensábamos si no era mejor sacar el árbol de raíz. impedir que vuelva a crecer alguna vez. El pensamiento llegó al palacio. Un hombre, famoso guerrero de un pequeño clan, preguntó: – Los venceremos, y libaremos con su sangre. Pero ¿y luego qué? Volverán pronto con mayores números, con más naves, con animales más veloces, y armas más afiladas. Y aún así los venceremos sin dudar. Pero un día estaremos cansados de luchar y nuestra tierra, roja con su sangre, no podrá alimentarnos. Y entonces, ¿qué haremos?–. –¿Qué propones, noble Trev, acaso, que nos rindamos?. –Al contrario– dijo Trev, – llevemos la guerra a ellos, tomemos sus naves, fabriquemos propias, y hagamos de sus tierras, las nuestras–. Todo el consejo estuvo de acuerdo en que lo mejor que se podía hacer era lo que Trev sugería. Llevar la guerra al hombre blanco. – mejor que sea su tierra la que se ahogue en sangre que la nuestra, mejor que sean sus mujeres y niños los que se escondan que los nuestros, mejor que sean ellos los que desaparezcan que nuestros imperios. Y así lo deben desear los dioses, pues somos sus hijos predilectos– decían.

Somos un pueblo noble que se preocupa por el futuro de nuestra madre, somos los hijos de la tierra, somos los discípulos de los dioses, y los futuros dueños de las tierras de los hombres blancos.

– Me han mostrado los dioses el fin de la guerra– dijo el hombre brujo, – seremos victoriosos–. Los aplausos y las felicitaciones no se hicieron esperar. Todos anhelaban saber más. –¿Cuál será el más heroico clan, hermano? –, –¿ Serán mis estrategias las que nos den la victoria?–, –¿ Será mi hijo el más destacado guerrero?–, –¿ Será mi esposa fiel en mi ausencia?–, –¿Será el viaje largo?–, –¿ Serán las muertes pocas?–, –¿Se sentirán mis nietos orgullosos de nuestro heroísmo?– las preguntas hubieran proseguido hasta el fin de los tiempos si el hombre brujo no hubiera levantado su mano y pedido silencio.

– Me han honrado los dioses al mostrarme nuestra victoria final, pero también me han entristecido pues no nos reconozco en los hombres de mis visiones. Los ciclos del cielo hasta el día de nuestra victoria son incontables, las muertes infinitas; los enemigos, numerosos y feroces, nuestras esposas morirán esperando nuestro regreso y nuestros hijos tendrán hijos con mujeres extrañas. Formaremos alianzas con seres extraños de color moreno como el nuestro pero con dioses que contrarían a los nuestros. Nuestros pueblos no conocerán la paz en vida, ni nuestros ancianos serán respetados. Venceremos hermanos, si atacamos. Pero el precio será inimaginable,para el momento de la victoria, seremos otro pueblo, y querremos nuevas guerras– eso dijo el chamán con palabras adornadas y rodeos, detalles que hubiéramos preferido no escuchar y una mueca de tristeza en sus labios.

Nuestra raza es orgullosa, y está dispuesta a sacrificarse con tal de que sigan existiendo mujeres que vayan a lavar al río, y carguen niños en la espalda, con tal de que los chamanes sigan siendo libres de ir y venir sin afiliación o tribu fija. Nuestra raza está dispuesta a sacrificarse con tal de que de alguna manera pueda seguir existiendo, pero las palabras del brujo nos hicieron cambiar de opinión, no lucharemos una guerra por el mundo. No moriremos todos para que los hijos de nuestros hijos hayan olvidado como vivir sin guerra. Nuestros mejores guerreros, nuestros astutos estrategas y hábiles artistas han partido hacia el sur, hacia las planicies blancas donde habitan los dioses, nuestras armas han partido con ellos, nuestras esperanzas de volver a existir también. Ellos son la semilla de nuestros imperios. El resto esperaremos, nos desvaneceremos como las hojas cuando el mundos se tiñe de ocre, pero un día cuando el hombre blanco esté cansado volverá la primavera y nuestra era dorada. Volveremos a ser lo que fuimos; aunque no seamos los mismos, seremos iguales. Somos los hijos fieles de los dioses, y un día heredaremos de estos el mundo entero.

3 comentarios:

Desquiciado permanente dijo...

Raulinno la historia es perfecta, demostrar que existen dioses capaces de sembrar ideologías para mantener una tribu unida es cosa jodida si la comparamos con el pueblo Colombiano aún seguimos pensando que el mejor método es tomarse el poder por intermedio de las armas cuando se pretende central a los Dioses con su alma y espíritu para darle una muerte certera a el Hombre blanco, magnifico texto aunque no puedo negar que necesita rematar mejor la historia, sugiero que coloques a los personajes en una batalla campal hasta que sus lanzas sean deformadas en velos blancos. Saludos, Angelo.

pendulumlikeswing dijo...

Me encanta esta historia. Me gusta el tono, el uso del lenguaje... el relato es muy fluido y además es bastante verosímil. Es interesante, porque "no hay" acción (por decirlo así) y sin embargo funciona. Buen trabajo. No estoy segura de que falte algo al final... yo lo dejaría así.

Saludos.

HELLMAN PARDO dijo...

Repites demasiado. Hay palabras que simplemente sobran, y te pasas del lenguaje común. El comienzo del cuento no es bueno, aunque si la idea. El final, en cambio, se somete a lo que debería ser un buen cuento, es decir, es óptimo, sin embargo, las repeticiones de ideas y frases completas hace que el texto carezca de suficiencia. Creería yo que debes trabajarlo más, y poner a los pocos personajes en alguna situación.