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viernes, 24 de abril de 2009

La avenida

Al medio día la calle parecía extenderse infinitamente desde donde me encontraba parado, el sol llevaba horas cayendo intensamente sobre mis hombros, tenía sed, y sentía que los pies se cocinaban dentro de mis zapatos. 

Basicamente el recorrido era bastante sencillo. Salí de mi casa en el punto A,  me dirigía a un lugar situado a unos 3 o 4 kilometros de distancia. Había revisado mi itinerario en un mapa, la cosa era simple, tras caminar una calle hacia el norte sólo tenía que doblar a la izquierda, seguir la ruta de los buses por tres o cuatro cuadras y luego volver al norte. Entonces caminaría hasta mi destino, una antigua casona colonial donde funciona un museo.

Fue justo antes de volver a caminar al norte. Dos calles estaban demasiado cerca una de la otra, y no estaba muy seguro de cual tomar. Pregunte a un hombre cómo llegar a mi destino, me dijo que lo más logico sería seguir cualquiera de las dos calles directamente hacia el norte, pero que el me recomendaba seguir otra vía; seguir mi camino hacia el occidente, cruzar por el mercado, atravesar la avenida por...  No le presté atención pues sus indicaciones eran complejas e implicaban dar un gran rodeo para llegar a mi destino.

Finalmente seguí aquella que se parecía más a lo que había visto en el mapa. ¿Cuando se ha visto que un hombre inteligente ignore que la manera más rapida de llegar de un punto A a un punto B es siguiendo una trayectoria recta?. Eran alrededor de las once cuando salí de mi casa, y una hora despues todavía seguía caminando, no había encontrado aún una salida de esta calle. En ese momento miré hacia atras y pensé que ya debía estar cerca de la mitad, si no la había pasado ya, y que la manera más rapida de salir sería seguir adelante.

Un largo tiempo despues supuse que ya tenía que haber superado la mitad, aunque ambos lados se veían igualmente lejos. De todas manera si me devolvía, tardaría mucho en llegar a mi destino. Media hora más tarde, lo que consideré media hora, supe que en verdad había avanzado. A lo lejos atisbé una silueta oscura, y al acercarme descubrí que casi toda la silueta correspondía a cajas, y que sobre una de ellas una pequeña niña miraba el horizonte con expresión triste.


Le pregunté si vivía cerca, pero apenas levantó el rostro. Le seguí haciendo preguntas, pero ella no respondió a mis intentos de comunicación. Finalmente, creo que cansada de mi presencia, levantó su brazo izquierdo y me dijo: mi mamá se fue por alla. Pensé que nadie dejaría una niña tan pequeña cuidando tantas cajas por mucho tiempo, así que su madre, y por ende el fin de la calle, no podía estar muy lejos.

Tardé media hora, creo en ver el final. Ya no era capaz de ver a la niña, y adelante percibía siluetas, siluetas que se mantenían en el mismo lugar, pero hacian pequeños movimientos, como los que se hacen cuando se lleva mucho tiempo esperando. Mientras me acercaba descubrí que eran un grupo heterogeneo de personas, una mujer mayor, la unica del grupo, probablemente la madre, o abuela, de la niña de las cajas era la que más desesperada se notaba. Un hombre joven estaba sentado escribiendo algo en un cuaderno, de vez en cuando levantaba su vista, sus ojos se hacían más pequeños, un rictus de desagrado se apoderaba de su boca y volvía a su cuaderno.  Un señor de edad, que estaba bastante tranquilo a pesar de que el sudor había manchado por completo su camisa.

Al frente del grupo estaba una avenida, era ancha como un río y parecía carecer de final tanto a la izquierda como a la derecha. Pregunte al aire por la dirección a la que me dirigía. Un hombre me miró y sonrió como se sonrie a una pistola, cómo si creyéramos de manera más bien inconsciente, que no serian capaz de dispararle a alguien que sonríe, y me dijo que para llegar alla, todavía tendría que cruzar la avenida, y luego caminar unas cuatro o cinco cuadras más. –No está tan lejos– me dijo,– yo tambien me dirijo allí–.

Esperé un buen rato a que cambiara el semáforo. Los carros no cesaban de pasar al frente nuestro, casi los veíamos cruzar antes de oír sus motores. el hombre que compartía mi destino me dijo que era imposible cruzar a menos que ellos se detuvieran; cómo para probar esto, un joven del grupo corrió por la avenida, cuando llegó mucho antes de llegar a la mitad una sonrisa de victoria se asomó a sus labios y un carro, aparecido de la nada chocó contra él. Éste no se detuvo. El cuerpo voló por lo aires algunos metros, y aterrizó en nuestra acera.

–El semaforo está dañado– dijo la mujer de la niña. El joven que escribía levantó el rostro, miró al cadaver durante unos cuantos minutos, y luego volvió a su cuaderno. Me quité los zapatos y me senté al lado del joven que escribía. –¿Cuánto tiempo llevas aquí?- le pregunté. –Desde ayer- me dijo, -Tranquilo, finalmente habran de venir a arreglar el semaforo, ya no deben tardar demasiado–. Intenté preguntarle si muchos estaban desde el dia anterior, pero volvió a enfrascarse en su cuaderno, y no obtuve respuesta. El señor de la camisa sudada me respondió, -Ayer en la noche eramos un grupo más o menos grande, unas quince o veinte personas, pero esta mañana antes del amanecer algunos de nosotros se fueron hacia la izquierda, y otros hacia la derecha, ninguno ha regresado para explicarnos como llegar al otro lado; el joven que murió hace poco estuvo aquí desde anoche, es el tercero que intenta cruzar corriendo.

La situación se veía mala, podía intentar devolverme, pero serían horas de camino antes de poder salir, y mi destino se hallaba a sólo cinco cuadras de distancia. Por otra parte, era cierto lo que decía el joven que escribía, en cualquier momento podrían llegar y arreglar el semaforo, y más si el problema había empezado el día anterior. Y si no lo arregalban pronto, siempre era posible que alguno de los del dia anterior regresaran del otro lado para decirnos que había manera de cruzar. Me acomodé y esperé, el sol no había bajado mucho.

Nadie tenía un reloj pero, por la posición del sol, pienso que debían ser alrededor de las cuatro cuando todos los estomagos como si se hubieran puesto de acuerdo sonaron al mismo tiempo pidiendo comida. Alguien recordó entonces que los tecnicos de reparaciones de la compañia de semaforos dejaban de trabajar a las 4 PM, así que podíamos intentar regresar por donde habíamos venido, o esperar al día siguiente. Esperamos, casi todos esperamos, un joven que no llamaba la atención en lo más minimo, una de las tres personas que habían llegado despues que yo, decidió devolverse y se llevó con el a una joven alegre que no había hecho reír un par de veces.

Eramos un grupo más pequeño que el del dia anterior, como señaló el señor de la camisa sudada. PEro todos teníamos hambre, de alguna parte sacaron una lata de salchichas que repartimos para calmar un poco el hambre. Un hombre llegó por el camino que yo había tomado. Lo  saludaron. Tampoco era posible regresar por esa calle.  Se hizo el silencio. –Va a hacer frio esta noche- dijo la mujer, –Podríamos hacer una fogata para mantenernos calientes más tarde–. Un hombre alto y moreno que se había mantenido lejos del grupo, la ultima persona que había llegado, dijo:  a unos veinte minutos caminando hacia allá vi a una niña sobre cajas, podríamos usar ese cartón para calentarnos.

La mujer al principio no estaba muy segura, pero consideró que sería mejor tener a su hija y sus cajas con ella. No fui con la expedición a buscar combustible. Los que nos quedamos no hablamos mucho, pero nuestros estomagos nos brindaron un hermoso concierto gastrico. Cuando los otros regresaron, sus estomagos se unieron a las quejas de los nuestros. Un sólo pensamiento recorrió todas nuestras cabezas, teníamos que encontrar comida.

Yo y el hombre de la camisa sudada nos ofrecimos a buscar cosas comestibles en los alrededores. La niña quería pasear también, yo miré a mi compàñero, y vi en sus ojos justamente lo mismo que yo estaba pensando. - No me atrevo a llevarla a menos que su madre tambien nos acompañe– dije. Ambas nos acompañaron. Una media hora despues regresamos ambos hombres con algo de carne cruda, y dijimos que las dos mujeres habían preferido seguir caminando para buscar otra manera de cruzar. Creo que nadie nos creyó, lo importante es que teníamos comida.

La noche no fue tan mala, es cierto que hizo frío, y que no hubo un sólo minuto en que hubiera sido posible cruzar. Pero nuestra barriga estaba llena, y yo al menos, tuve sueños lindos.